El agua calmada
Sus manos reposan sobre su pecho. El agua de la bañera está inmóvil, un espejo opaco que no muestra lo que hay debajo. Las yemas de sus dedos se hunden levemente en la piel, justo por debajo de las cadenas de oro que cuelgan de su cuello. No hay prisa. Las largas rastas mojadas se pegan a sus hombros y al borde de la bañera.
Un pezón perforado asoma entre sus dedos anular e índice. La presión es constante, una posesión silenciosa. El otro pecho queda oculto bajo la palma de su mano izquierda, que también descansa.
Ella mira al frente, sin ver la pared. Respira. El pecho sube y baja bajo sus manos. El movimiento es casi imperceptible, un ritmo lento y profundo. El agua tibia no se altera.
Las sombras de sus brazos tatuados se proyectan sobre la superficie del agua. Los dibujos se distorsionan con la quietud.
Sus pulgares trazan un círculo lento, una vez, otra. No es un gesto de excitación, sino de reconocimiento. Como si comprobara los límites de su cuerpo en este instante. Las uñas, cortas y sin pintar, son lo único pálido en la penumbra de la habitación.
El resto del cuerpo permanece sumergido. Los redeles de los tirantes rojos de sus bragas flotan apenas, oscuros en el agua.
El silencio es completo. Solo el leve sonido del agua al moverse ella, casi nada. Un minuto entero transcurre así, con sus manos sosteniendo el peso de su propio cuerpo.
Luego, el círculo se detiene. Los pulgares se quedan quietos. La presión de las palmas se mantiene. Todo espera.
El minuto treinta y siete
El agua ya no se mueve. Sus manos, antes ancladas en su pecho, descansan ahora a los costados del cuerpo, sumergidas. Las yemas de los dedos rozan la superficie lisa de la bañera. Los brazos flotan levemente, inertes.
Un cambio en la respiración
Su boca se abre. Es un movimiento lento, casi imperceptible al inicio. Los labios, que estaban sellados, se separan. No es un bostezo. Es una abertura serena, un abandono de la tensión mandibular. El gesto altera el ritmo de su respiración, que se hace más profunda, más audible en el silencio de la habitación.
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El vapor del agua caliente se condensa en su piel.
La quietud de las extremidades
Durante casi treinta segundos, ninguna extremidad realiza un movimiento significativo. Las piernas permanecen extendidas bajo el agua turbia. Los dedos de los pies no se flexionan. Las manos no se cierran ni abren. Solo el leve balanceo del agua, provocado por el mínimo desplazamiento inicial, lame suavemente su abdomen.
Es el único movimiento que acepta su cuerpo.
A continuación, el orden de lo sucedido fue este:
- Las manos se despegan de la piel del pecho.
- Los brazos se dejan caer a los lados del cuerpo.
- La boca se abre con lentitud.
- La respiración se vuelve más profunda.
- El cuerpo entero entra en un estado de absoluta quietud.
- La cabeza permanece apoyada en el borde de la bañera.
- Los ojos mantienen su mirada fija en el techo.
El agua, poco a poco, recupera su reposo original. La superficie se aplaca hasta quedar como un espejo opaco. Las cadenas de oro en su cuello no se mueven.
La cabeza se gira
Un minuto y siete segundos. La cabeza de la mujer gira sobre el agua. La nuca roza el borde de la bañera de porcelana. Los ojos no miran hacia arriba, hacia el techo, sino hacia un punto en la pared, a la altura de la puerta. Las largas trenzas, mojadas, se desplazan sobre sus hombros con un movimiento pesado. El agua quieta en la bañera no se altera con este movimiento.

El giro es lento. Los músculos del cuello se tensan, luego se relajan. La cabeza encuentra una nueva posición y se queda allí. La mirada se fija en ese punto de la pared. No se mueve. El agua sigue quieta.
Las cosas en el cuarto de baño esperan. Algunas han cambiado de sitio desde el principio. Otras no se han movido. Lo que les ocurre a las cosas es tan importante como lo que les ocurre a las personas.
| Objeto | Dónde estaba | Qué le pasó |
|---|---|---|
| El agua | Llenando la bañera | Permanece inmóvil, sin ondas. |
| Las trenzas | Flotando a sus espaldas | Se arrastran hacia un hombro. |
| El borde de la bañera | Soportando el peso de su nuca | Recibe la presión del movimiento. |
| La puerta | Cerrada, al otro lado de la habitación | Recibe la mirada fija. |
Después de la tabla, la cabeza permanece girada. La tensión en el cuello ha desaparecido por completo. La mirada sigue anclada en la puerta, como si esperara algo que no llega. O como si recordara algo que ya pasó. El agua no da señales. Todo el peso de su cuerpo sigue sumergido, quieto. Solo el leve brillo del oro de las cadenas sobre su pecho se mueve con cada respiración calmada, casi imperceptible. El minuto avanza hacia el siguiente cambio.
Luego, un brazo se levanta.
La mano que coge
Transcurridos más de tres cuartos de minuto, la mano derecha de la mujer abandona su pecho. El brazo se desplaza por el aire, goteando, y rompe la quietud de la superficie del agua. Las yemas de los dedos rozan el borde esmaltado de la bañera. Buscan, palpando la humedad fría de la porcelana. Se detienen sobre el objeto de silicona que espera allí.
Sus dedos se cierran.
La empuñadura es segura. El peso, conocido. La mano se alza, sosteniendo el consolador frente a ella. Gotas de agua resbalan por el brazo, desde el hombro hasta el codo, trazando caminos brillantes sobre la piel y las espirales de tinta negra. Las cadenas de oro en su cuello permanecen inmóviles.
Ella baja la mirada hacia el objeto que ahora ocupa su mano. No hay prisa. El agua de la bañera, antes alterada por el movimiento, recupera su calma. Su otra mano descansa sobre su muslo, cerca del borde rojo de la prenda interior.
Entonces, el brazo desciende. La mano lleva el consolador bajo el agua. Los dedos lo guían. El objeto desaparece en la turbiedad, encontrando su lugar entre sus piernas, sobre la tela roja. La mano presiona suavemente. Comienza un movimiento rítmico, una presión constante y medida.
La mujer gira la cabeza ligeramente, como si escuchara un ruido lejano. Su rostro está sereno. Su boca entreabierta.
La mano no se detiene. Su trabajo es mecánico, preciso. La muñeca flexiona y gira con una cadencia hipnótica. El movimiento se transmite a través del agua, creando ondas concéntricas que chocan silenciosas contra sus caderas, contra los costados de la bañera. Las trenzas oscuras flotan a su espalda como algas quietas. Minuto y medio. La mano sigue ahí, bajo la superficie, sosteniendo, moviendo. Es lo último que hace.